10 de enero de 2014

Cuando el aula se convirtió en mi prisión: Sufrí acoso en la escuela secundaria

Era el año 2005. Tenía 17 años y estaba cursando el penúltimo año de la escuela secundaria técnica. Estaba volviendo a mi casa con una amiga. Habíamos ido a comprar algo para comer al "Supermercado Único" de Bv. Rondeau al 4100, que está en zona norte, barrio "La Florida". Abrí la puerta, subimos unos escalones y Damián apareció. Salió de abajo de la escalera y se puso a cantar. Era la canción de “Angel” de Robbie Williams pero con la letra cambiada. Cuando lo vi me asusté y empecé a subir los escalones corriendo. Me metí en mi pieza y no salí hasta que se fue.

No sé cuándo fue que empezó a perseguirme, pero lo que sí recuerdo es que me bajaba del colectivo y él ya estaba en la parada esperándome. Después cuando yo lo veía, caminaba rapidísimo hacia la escuela y él venía detrás intentando sacarme alguna palabra, tratando de alcanzarme, de ponerse en frente mío y de lograr que lo mirara. Una situación muy parecida al hostigamiento que hacen algunos periodistas a las personas famosas.

El día que entró a mi casa fue porque mi hermanito Santiago lo dejó entrar. Damián le había dicho que me quería dar una sorpresa, que me quería cantar una canción, y Santi que en ese momento era chiquito y terrible, se entusiasmó y lo dejó entrar. Ya me había cantado una canción en un recreo y por eso un grupo de chicos de otro curso cuando me vieron un día, me dijeron: “ah, vos sos la chica a la que le canta Damián”. Es feo que te reconozcan por algo así, la verdad hubiera preferido que si me reconocían por algo, que fuera por otra cosa. Pero bueno, así es la vida.

Mi compañera Débora estaba un día en la entrada de la escuela y vio que Damián me estaba molestando otra vez. Cuando la saludé me dijo que entráramos a la escuela juntas y que no le diera bola. Caminamos hasta el baño, subimos los 3 escalones y ella que estaba atrás mío, vio que Damián se metía con nosotras al baño, entonces lo tironeó del brazo y le dijo que no entrara porque era el baño de mujeres. Damián le hizo caso, pero gritó: “Te amo”. Pasaron unos minutos y llegaron otros de mis compañeros. Débora les contó lo que había pasado y dijeron que tenía que contarle al preceptor. Yo no quería porque pensaba que iba a ser peor, pero mis compañeros decidieron ir a hablar con el preceptor Horacio. Los seguí, subí las escaleras con ellos y detrás de mí venía Damián de nuevo.

Mis compañeros tenían razones para querer hablar con el preceptor. Un día, mis compañeros Oscar, Nico, Karina, y Marcelo le habían hecho una barrera con los brazos para que no tomara el colectivo conmigo. Otro día, vino un chico de otro curso a decirme que Damián me iba a agarrar a la salida. Ese mismo día en la bajada de la bandera Karina me agarró del brazo para ir a formar y recuerdo que después mis compañeras Débora y Rita me abrazaban. Cuando salimos de la escuela lo vimos a Damián tal como lo había vaticinado ese chico. Débora y Rita me agarraban del brazo mientras caminábamos y Damián me gritaba cosas. Entre las cosas que me acuerdo que gritó fue que iba a ir a mi casa a buscarme. Mi compañero Marcelo le gritó que me dejara tranquila que yo no quería hablar con él. Oscar le decía que se fuera, y mi compañera Débora que era muy celosa, me dijo que me prestaba a su novio para que le dijéramos a Damián que era mi novio. Pero eso no pasó.

Íbamos camino a hablar con el preceptor Horacio y Damián venía atrás nuestro. A mitad del pasillo me gritó: “Eli yo te amo” y yo, me cansé, me harté y exploté. Me di vuelta y le contesté. Le grité que yo no sentía lo mismo y le dije que se buscara otra persona. Damián me miró ofendido, sorprendido. Dio la vuelta y se fue. Caminamos unos pasos más y mis compañeros le dijeron al preceptor.

Entramos al salón y en toda la hora de Lengua me sentí culpable. Tenía miedo de que reaccionara mal por lo que le grité. Decían que un loco era como un globo inflado, que cuando lo soltás no sabés para dónde dispara. Tenía miedo de que me buscara en cualquier momento y me haga algo. Pensaba que podía morir joven y en pocas horas. No podía prestar atención en clases en ningún momento porque veía proyectada mi sangre en la pared del salón. Por una trincheta, un cuchillo, o un revolver. No lo podía evitar.

No sé cuántos minutos pasaron –para mí fueron días- hasta que se abrió la puerta del salón y el preceptor dijo: “Ferreyra, venga que quiero hablar con usted”. Tuve que levantarme y salir. Afuera me dijo que había ido al salón de Damián y que él ya no estaba, que se había ido de la escuela. Me contó que por algunas cosas que le dijeron los compañeros del curso, él no se sentía seguro de que yo estuviera en la escuela, por lo tanto, iba a llamar a mi casa para que me fueran a buscar. Volví a entrar al salón, y me quedé un poco más tranquila porque sabía que algo malo podía pasar, al menos ya me lo había imaginado y me lo había confirmado el preceptor. No fue que volé sin motivos. Ahora quedaba esperar a que me vinieran a buscar o…no se.

Unas horas después me llamó mamá al celular y la atendí en clases de “Alimentos”. Me dijo que me quedara tranquila que Damián había estado en mi casa y que había hablado con ella. Yo no entendía nada. Me dijo que si yo quería que me fueran buscar lo hacían pero, sino que volviera con mis compañeros como siempre y que no tuviera miedo, que Damián no me iba a hacer nada malo.

Cuando llegué a casa tuve el “honor” de enterarme que alguien le pidió mi mano a mi mamá. ¡¡No solo no entendió lo que le grité, sino que le fue a pedir mi mano a mi mamá!! Y eso, ya es anécdota de mi mamá. La cuestión es que al día siguiente entré a la escuela sola y pasé por al lado de él y de su mamá, ambos estaban sentados en un banco. Supuse que estaban esperando hablar con el preceptor Horacio porque los habría citado. Toda una des-gra-cia. Tendría que haber estado abierta la otra puerta, así no me los cruzaba.

Después de eso tuve un poco de tranquilidad. Volvió una vez más a mi casa para hablar con mi mamá, pero ya no me molestaba ni perseguía como antes, tenía prohibido hablar conmigo. Solo me saludaba como desesperado cuando me veía y eso duró poco tiempo, porque después dejó la escuela.

A Damián, yo lo perdono. Él le dijo a mi mamá que tenía una foto del jardín conmigo en donde yo lo tenía agarrado de la mano y aunque eso es mentira (porque yo no tengo ninguna foto agarrándolo de la mano) se que tuvo una vida dura, que se aferró a cosas que no existieron porque tuvo una infancia y adolescencia triste y de su vida casi nada bueno podía sacar.


Los sinónimos de la palabra regresión son: retroceso, empeoramiento y desmejoramiento. Nada bueno parece tener esta palabra, sin embargo habría que darle una visión más positiva, ya que uno no puede seguir hacia delante si no recuerda algunas cosas de su vida. Si las omite, las bloquea, o las borra no tendrá un hilo conductor en su vida.

Es necesario tener el control del pasado y aceptarlo, pero tener el control del pasado no equivale a “vivir en el pasado”, sino a aceptar las cosas que nos pasaron aunque no queramos, aunque nos moleste o duela, aunque recordar nos haga doler la cabeza unas cuantas horas o nos de náuseas u otros síntomas insoportables.

Todos tenemos un pasado, un bagaje con experiencias y traumas por el cual seguimos actuando desde el inconsciente. A veces, si uno no relee su historia, sino "vuelve" al pasado y no reconoce aspectos o circunstancias de su vida, nunca podrá aceptarla ni ser un poco más libre. Para ser más libre hay que tener dominio propio y controlarse uno mismo, tener autocontrol es indispensable para ser feliz y para ser feliz es necesario recordar.

“Del dicho al hecho hay mucho trecho” y es verdad que cuesta trabajo identificar o comprender los problemas que uno tiene, pero cuesta mucho más lograr eliminarlos. Por más que uno los reconozca no se quitan de forma automática, aunque uno reconozca un conflicto, no puede eliminarlo instantáneamente. Cuesta mucho trabajo y tiempo erradicarlo. Pero vale la pena.

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