20 de abril de 2014

SOBRE MÍ

Si tengo que hacer algo rutinario lo hago siempre de una forma distinta. Si hoy caminé por una cuadra, mañana lo hago por otra. Si a la ida pisé una baldosa, a la vuelta piso otra. Hasta hace unos años no sabía qué me pasaba. Luego, analizándome, me di cuenta que odiaba lo rutinario. El problema que tenía es que me molestaban las actividades repetitivas. Cuando estaban de moda los "Teletubbies" cuestionaba por qué le ponían dos veces un video a los niños. ¿Verlo dos veces? ¡¡Si ya lo vieron!!! Les pasaban el mismo video cuando los mounstruos de colores decían: "Otaa vee". (Encima no sabían ni hablar). ¿Con qué fin?

Cuando era chica iba a danza y me la pasaba cantando. Hacía lo que me gustaba. A veces mi papá me escuchaba cantar y me decía: "Eso sí, pero la tabla del 8 no". A mi no me gustaba repetir las tablas como loca. A mi me gustaba cantar. Yo era una niña feliz... hasta que conocí a los hombres. Bueno, aunque si es por eso, creo que yo nunca fui feliz. Tuve cuatro hermanos varones y un papá prácticamente desde que nací. 

Ricky Sarcany una vez dijo en un programa de televisión que las sandalias que resultan un éxito no las vuelve a repetir. Lo bueno, lindo, cómodo, en gran cantidad y fácil de conseguir, a la larga aburren, cansan y pierden valor. Imaginate sino es ni cómodo ni bueno, y si en vez de sandalias, son hombres. Un calvario.

¡Dios dame pacienciaaa!

Generalmente mientras estoy haciendo algo pienso que debería estar haciendo otra cosa. Disfruto del momento presente pero depende si me interesa estar donde estoy. He leído sobre el Trastorno de Déficit de la Atención e Hiperactividad (TDHA) y con algunas características me identifico. Cuando era más chica volví loco a un profesor. No porque se haya enamorado de mí (fue por mala conducta). Yo estudiaba y me sacaba 9 y 10 pero el profesor me aprobó raspando, con 6. Lo bueno es que no me mandó a rendir (no le convenía). Me había cansado de ser la única que le prestaba atención, me había cansado de aburrirme en clases. Yo quería salir del salón como mis otros compañeros que salían y se ponían a charlar afuera, entonces lo terminé haciendo...

Lindo sería poder decir que una siempre fue buena alumna. Aunque tampoco es para tanto. Fue un añito y el profesor fue injusto. Siempre nos anotaba a mis amigas y a mi en el parte, pero a los que tenían la costumbre de escaparse del salón no. Recuerdo que una vez nos "escapamos" en plena hora y él salió al pasillo y se puso a gritar nuestros apellidos. Cuando lo vimos nos pusimos a correr... corrimos por nuestras vidas y no nos alcanzó, jaja. Sólo nos anotó en el parte. ¡Qué buenos momentos! Después me arrepentí porque le hicimos de todo... pero que no se diga que no enmendé mi error porque lo hice. Me porté bien con todos los profesores que tuve después.

Un día, mientras cursaba el último año de la secundaria técnica, con permiso de la profesora, me pinté las uñas en el salón mientras mis compañeros exponían. Eramos 7 alumnos en total (un curso con 7 alumnos) y como éramos poquitos, la profe me dejó. Yo no le pregunté si me podía pintar las uñas, fue mi compañera Rita la que le preguntó después de que le contara que me pasaban a buscar por la escuela y que no me había pintado las uñas. Rita le preguntó y la profe le dijo que sí. Entonces saqué mi esmalte y me puse a pintarme las uñas. Unos minutos después la profesora me pregunto: ¿Ferreyra qué están diciendo los chicos? Porque me veía muy concentrada pintándome las uñas. En mi contestación usé las mismas palabras que había dicho mi compañero que estaba exponiendo y se dio cuenta de que estaba prestando atención a la clase. Es que haciendo dos cosas a la vez (una super productiva) yo podía prestar atención. Me podría haber preguntado cualquier otro día que no me estuviera pintando las uñas y lo más probable... es que ésa pregunta no se la hubiera podido contestar.

He tenido y tengo despistes (supongo que como todos). A veces leo y me salteo renglones o párrafos, pero después me retracto y vuelvo, algo que años atrás no hacía (me los salteaba y seguía). No logro prestar atención a ciertos detalles, tengo dificultad para mantener la atención. A veces me pierdo en una conversación y no escucho. No puedo centrar toooda mi atención a una sola cosa si me parece aburrido (me cuesta mucho). Cuando mi sobrinita Julieta tenía un año mi cuñada la dejó bajo mi cuidado porque no había nadie que la cuidara. Ése día me puse a preparar el desayuno para las dos. Me puse a hacer tostadas y la metí en una de esas sillitas para bebés. La puse mirando la hornalla para que viera lo que yo estaba haciendo y no se aburriera. En un momento, las tostadas se me empezaron a prender fuego y mientras que me desesperaba comencé a gritar. Julieta empezó a las carcajadas a todo lo que da. Ella se moría de risa mientras que yo asustada intentaba apagar el fuego. Cuando por fin lo pude apagar me relajé, pero después me sentí fatal.

No me gusta la rutina. Me siento intranquila e inquieta y me impaciento cuando tengo que esperar algo o a alguien. Las colas de espera no las so-por-to. Esperando "vivo" mil vidas, y después no tengo ganas de hacer nada, termino fatigada. Cuando escribo, me olvido de escribir algunas palabras, a veces me olvido de acentuarlas, pongo una palabra por otra, o publico "entradas" sin terminar... La verdad es que llegué demasiado lejos. Terminé la primaria, la secundaria y logré tener un título universitario. No se qué va a ser de mí dentro de un tiempo pero por el momento tomo clases de pilates para fortalecer y mantener mi voluntad. Las primeras clases que tuve no se me pasaban nunca (no me gustaban para nada) pero ahora con entrenamiento aguanto más. La profesora de Pilates a veces dice: "despaaaaacio" y me siento perseguida, pero no siempre (porque todo el mundo vive acelerado).

A mi me gusta más bailar, me gusta escuchar música movidita y moverme rápido. Nunca me gustó mucho la danza clásica, aportó a mi vida muchas cosas buenas, como la disciplina, la postura, la elongación, la paciencia, etc. Pero lo lento no me gusta (aunque me engañe). Como no me gusta, me obligo a "tolerarlo" para mejorar porque las clases me dan más conciencia, más concentración, más control de mi cuerpo y de lo que estoy haciendo. De a poco me va gustando... ya hasta me gusta caminar en medias por el salón, agarrar la pelota de plástico y acostarme encima. ¡Qué se yo! Le voy encontrando la vuelta.

Mi vida generalmente se basó en condiciones impuestas por mí porque ni mi mamá ni mi papá me castigaban por nada, nunca me mandaron a dormir sin comer ni tuvieron que andar detrás mío para que estudie. Era yo la que me imponía condiciones: "termino esto y después hago lo que quiero". Me premiaba cada vez que me obligaba hacer algo y lo cumplía (aunque no tuviera ganas de hacerlo). Mi mamá nunca me dijo que me pusiera a estudiar ni me revisó una tarea escolar, nunca me "persiguió" para que hiciera las cosas, ni me obligó a hacer algo que yo no quisiera hacer. 

Al contrario. Yo le pedí a los 11 años que me sacara de una escuela privada cristiana evangélica porque no me gustaba, y a los 7 le dije que quería ir a bailar. Se lo pedí y ella me escuchó. Habló con la directora de una academia de danzas y me anotó. No le hizo caso a mi abuela que decía que iba terminar siendo una loca perdida y que me iba a escapar de mi casa para ir a los boliches... no, a los boliches no, a las "confiterías". Al final sus palabras no me condenaron porque mi mamá no le hizo caso a su mamá y yo fui a aprender a bailar igual. Y así salí.

13 de abril de 2014

Mi paso por un comedor escolar

No tenía el pelo teñido de rosa. No estaba llena de tatuajes ni tenía piercings. Tampoco tenía ninguna discapacidad a la vista. Aún así no tuve oportunidad. Había entregado y mandado miles de CVs a todo tipo de lugares y sin embargo, no lograba conseguir trabajo.

Una vez me ilusioné y mandé un currículum para ser vendedora en un local de sex shop. No tenía idea de nada (ahora tampoco) pero pensaba que los empleadores no iban a tener muchas opciones. Supuse que no había mucha gente que busque trabajo de ese tipo, así que me arriesgué y mandé mi CV. Esperé que me llamaran... pero tampoco me llamaron. ¡¡¡No me llamaron ni del Sex Shop!!! Cansada de la impotencia terminé anotándome para hacer reemplazos como asistente escolar. Fue entonces que conseguí trabajar en un comedor escolar y fue ahí donde aprendí muchísimas cosas de la vida.


En el comedor trabajé con mujeres que me duplicaban y triplicaban la edad. Conocí a quienes fueron mis buenas compañeras de trabajo, Mariana (36), y Griselda (50), y conocí la histeria.

Mariana con las manos en la masa
Con Mariana se podía hablar (aparte de trabajar) de nutrición, embarazo, maternidad y de religión. Como ella quedó embarazada de Bianca tuvimos mucho de qué hablar. Las charlas que manteníamos siempre eran constructivas, siempre quedaba algo bueno dando vuelta en la cabeza. Fue ella quien me ayudó y me enseñó de "buena gana" el trabajo que tenía que hacer. Un trabajo que no era liviano ni fácil. Ahí teníamos que darles de comer a 250 chicos y nos faltaba personal, para ser exacta, faltaban dos asistentes escolares más, según el reglamento.

Con Griselda el tiempo se podía pasar más rápido y mejor, fue también una muy buena compañera conmigo. Entre las dos nos entendíamos y nos alentábamos, y para no llorar, nos enfrentábamos a la adversidad riéndonos.

Gri no quiere que le saque fotos pero se ríe
Una vez decidimos viajar a la localidad de Tigre, Buenos Aires, con los maestros de la escuela para festejar el 11 de Septiembre y la pasamos genial. Conocimos el Puerto de Frutos, Caminito -donde nos sacamos fotos con la escultura de Benito Quinquela Martín- y el Casino de Tigre "Trilenium".

De regreso a casa, en el colectivo grabé cómo fue que las otras señoras que trabajaban con nosotras (Ana y Silvia) decidieron ir también de viaje. La grabación tiene algunas interferencias porque estabamos muertas de risa, pero en resumidas palabras, describe uno de los viejos procesos que permite marcar "tendencia", la envidia, jaja.


 
Sobre oportunidades
Mientras trabajaba en el comedor continuamente me ponía a pensar en qué sería de la vida de todos esos chicos a los que les dábamos de comer. Qué irían a hacer después de terminar la escuela primaria.
Qué sería de la chica de 11 años que una vez llegó tarde a desayunar y me dio un beso porque le dimos el desayuno igual, la misma que al año siguiente dejó la escuela para irse a vivir con un tipo que tranquilamente podía ser su padre.

Qué iba a ser de ése chico que come apurado para repetir porque parece ser que la única comida que tiene en el día es la del comedor. Qué va a ser de la vida de todos los demás que con suerte van a poder terminar la secundaria, pero que ya no van a tener más proyectos de vida. No van a poder seguir estudiando porque no tienen los recursos necesarios y no van a ir a la facultad, ni van a tener una oportunidad de conseguir trabajo por el simple hecho de revelar dónde viven o que no tienen experiencias y/o referencias. Sin contar que tampoco tienen contactos para que les den una mano, los recomienden o los "acomoden".

Hoy después de mucho tiempo puedo decir que mi situación dio un giro importante pero me pongo a pensar en todas esas personas que no tienen "derecho" a trabajar y me da impotencia. Me molesta que muchas personas no puedan tener una vida mejor y no tengan oportunidades. Muchas veces por la vorágine del día a día no nos ponemos a pensar en los afortunados que somos. No nos ponemos a pensar en ésa gente a la que se le privó de muchas cosas y que siente que su vida no vale nada. Nos quejamos de la inseguridad y después queremos hacer justicia por mano propia pero ¿cómo van a valer nuestras vidas si sus vidas no valen nada?

Creo que siempre podemos hacer algo por los demás. Podemos hacer una diferencia en la vida de aquellos que no tienen las mismas oportunidades que nosotros tuvimos aunque sea con pequeños gestos. Hay un camino lleno de cosas por hacer y está muy pegado a nosotros, el tema está en poder "verlo".

7 de febrero de 2014

Mi Próxima parada: Chile

Después de ver “Pecadores” la teleserie protagonizada por Benjamín Vicuña (el curita sexy) empecé a decir que cuando cumpliera 15 años iba a ir a Chile. Pasaron muchos años pero finalmente llegué.

Habíamos terminado de confirmar los pasajes. Sólo nos faltaba empezar a hacer las valijas y en menos de 24hs nos estaríamos yendo de viaje. Sí, la decisión de viajar fue veloz, pero a mí me encantó la idea de irnos así, de un día para el otro. Eso de no hacer tantos planes muchas veces le da un gustito dulce a la vida. Hoy estás acá y mañana, quién sabe.

Esta vez, a diferencia de otras, no me preocupé mucho sobre qué cosas iba a llevar e hice la valija 3 horas antes de viajar. No tuve mucho tiempo para armar nada así que abrí el placard y empecé a meter lo que encontré (pero obvio que elegí). La verdad no recomiendo eso, hay que armar la valija con tiempo y no a último momento. Sufrir de arrepentimiento por olvidarte algo importante como la crema nocturna, o que saliste malvestida en las fotos, no daaa.

Bueno, lo saludamos a papá y subimos al cole. Nos fuimos. Dejamos todo. Y a todos. Considero que no es lindo viajar sobrecargada, para mí siempre es mejor viajar ligero. Mi mamá es la que siempre lleva exceso de equipaje pero no yo, sin embargo, no se qué me pasó ésta vez que llevé demasiadas cosas (incluidas las almendras para el desayuno). Aparte de mi valija llevé dos bolsos más, uno re "chic" en donde puse un anotador, una birome, una camperita, mi set de maquillaje y otras cosas más; y en el otro bolso, galletitas, caramelos, chicles, agua mineral y sándwiches (que había preparado un rato antes de salir).

Con todo lo que llevaba para alimentarnos seguro que estirábamos un mes (o un poco menos). Esta vez como en tantas otras ocasiones le tuve que hacer caso a mis pensamientos de previsión. Quién sabe, nos podía pasar lo que les pasó a los mineros. ¿Y si nos quedábamos encerradas en una cueva? Por lo que decía el itinerario nunca íbamos a entrar a ninguna cueva, pero uno nunca sabe.

Estaba tan entusiasmada con conocer Chile desde que tengo 7 años. He visto muchísimas teleseries con mi mamá y mi hermano Ezequiel, y siempre que me enganchaba con una estaba obligada a ver las largas propagandas nacionalistas que pasaban entre los cortes (como para que no me dieran ganas de conocer Chile).

Ya en viaje, la coordinadora nos avisó que cuando cruzáramos la aduana teníamos que hacer una declaración jurada de que no entraríamos al país productos vegetales, ni frutos, ni hortalizas, ni ningún tipo de granos ni semillas. Nada de nada (ni mis almendras). ¡¡¡Las almendras para el desayuno, las almendras son beneficiosas para la salud, no se pueden tiraaaaar!!!

Le conté a mamá que me había traído las almendras. Pasó un rato de la revelación y le hice una propuesta. Le propuse que no comiéramos nada, excepto almendras. Nos matamos de risa pero no aceptó, entonces me comí la mayor cantidad que pude y le dejé un par. Cumplí la meta y no quedó ninguna. Tener que entregárselas a los carabineros o tirarlas era un total desperdiiiiiicio, y las calorías demás que me comía después las podía quemar ¿no?

Paramos para dormir en la provincia de Mendoza. Conocí el famoso "Cerro de la Gloria" y por la tarde fuimos a la Plaza San Martín donde nos sentamos en un banco. Me quejé del banco porque hacía calor y estaba reeecaliente así que con el GPS del celular averigué dónde había una heladería. Marcaba que a una cuadra había una. Fuimos. Mientras tomábamos un helado (para nada rico) me bajó la presión. Dado que me empecé a sentir rara y a ver borroso cuando salimos de la heladería buscamos una farmacia para que me tomaran la presión y como en la farmacia no la tomaban la convencí a mamá de que volviéramos al hotel. 

Más tarde me empezó a doler muy fuerte la cabeza y empecé a tomar Powerade para ver si se me pasaba el malestar. Fuimos a cenar al hotel, hablamos por teléfono con papá y nos fuimos a dormir, y al día siguiente me levanté un poco mejor. 

Se podría empezar a sospechar que fueron las malditas almendras las que me hicieron algo, pero para ir descartando...¡¡¡NO!!! No fueron las almendras. No era envenenamiento por cianuro, mis almendras no eran amargas, estaban bien ricas cuando me las comí.

En fin, dejamos la Argentina e íbamos directo a cruzar la Cordillera de los Andes. El viaje se hizo largo, muy largo. A medida que iba pasando el tiempo me dolía más y más la cabeza. Tomé paracetamol y nada. Dormía de a ratos y nada. ¡¡Me imagino lo que debe haber sido para San Martín cruzar la cordillera!! Yo la crucé en colectivo, y me estaba muriendooo...

Del lado argentino no pagando coima se demora alrededor de 4 horas más
(Más de las que ya se demora)
Luego de muchas horas llegamos a Chile y yo no aguantaba más. Desde el hotel la coordinadora llamó a un médico pero le dijeron que teníamos que trasladarnos hasta la clínica porque si no es por algo muy, "muy" grave los médicos no van a domicilio. Antes de trasladarnos fuimos a una farmacia pero allá nos dijeron que no me podían dar ni hacer nada, que fuera a una clínica. Así fue como terminé en la "Clínica Miraflores".

En la clínica me preguntaron qué me pasaba, me evaluaron con una máquina super moderna y le dijeron a mi mamá y a la coordinadora que me iban a poner un "inyectable". Me hicieron acostar en la camilla mientras mamá y la coordinadora me esperaban afuera.

Estaba tranquila, confiada de que un inyectable era una inyección... hasta que vi un suero. Me pregunté hacia a dónde lo llevarían. Seguí con la vista a la joven médica y justo se abrió la puerta. Era otra doctora que entraba a buscar el suero que tenía la joven médica. Después que lo agarró, se dirigió hacia a mi. ¡¡Sí, por infortunio del destino el suero era para mi!! :(
Pensé en escaparme pero... me sentía demasiado mal. Tan mal que me asombré de que el pinchazo no me doliera.

La-men-ta-ble. Pero la primera experiencia que tuve en Chile fue una internación express. Luego de 45 minutos me lo sacaron y me dejaron ir. Mamá Marta tenía una incertidumbre terrorífica porque no sabía qué me estaban haciendo. Me lo confesó cuando me dijo lo que pensaba: "A ver si la matan..." Las médicas eran muy jóvenes y mamá con la vasta experiencia que tiene supone que mientras más grande es un doctor es mejor, pero sabe que matar... te mata cualquiera.
Aunque moribunda estaba fue toda una emoción saber que estaba en suelo chileno
Atención de prestigio en la "Clínica Miraflores"

Salimos de la clínica y nos estaba esperando el taxista que nos había llevado. ¡¡¡Nos esperó hasta que me dieron el alta!!! ¿En qué lugar del mundo se vio un taxista así? Tal vez se dio el "lujo" de esperarnos porque nunca había conocido unas argentinas como nosotras, jaaa. No se. El tipo nos trató muy bien, era muy educado y correcto. La forma de trato que tenía daba ganas de traérselo a la Argentina. 

Cuando fuimos a conocer el "Cerro de la Gloria" había estado mucho tiempo bajo el sol y en hora pico y al parecer lo que me dio fue una insolación. Para el próximo viaje voy a tener que llevar algo para cubrirme del sol. Mi mamá cada vez que me miraba dudaba de si íbamos a poder hacer las excursiones. No obstante, cuando me dejaron salir de la clínica empecé a sentir que estaba volviendo a la vida de nuevo. Finalmente pudimos hacer todas las excursiones, ¿cómo no íbamos a poder?


El Cerro de la Gloria también se encuentra en los billetes de $5

Una viajera tiene dificultades, se enferma y se descompone. ¿Cómo iba a ser yo la excepción? De todos los viajes que hice, ésta fue la primera vez que preciso asistencia al viajero y ni aún así perdimos una excursión.

Conocimos el Anfiteatro de la Quinta Vergara, dimos una vuelta en barco por el puerto de Valparaíso y muchísimas cosas más. Conocimos una de las casas de Pablo Neruda, la que está en Isla Negra. Una excursión que ni mamá ni yo queríamos dejar de hacer. Fue impresionante entrar a la casa, con sólo recordarme pisando el piso de madera y mirando el mar ya siento que estoy ahí. La vista es maravillosa, inspiradora, algo así como hipnótica. Como dirían los jóvenes hoy día: "te re vuela la cabeza mal". Dicen que Pablo Neruda se emborrachaba en el barco que está a fuera de su casa y que disfrutaba imaginando que se adentraba en alta mar. ¡Era un groso! El barco la verdad estaba para manejarlo.

A Neruda le gustaba coleccionar cosas, tenía una gran cantidad de conchas y caracoles de todos colores y de todas formas. Hay tantas cosas en la casa que en poco tiempo no se puede apreciar los detalles. Y ni hablar del "audioguía", un aparato que te va relatando cosas mientras miras los objetos. Si te pones a pensar lo que va diciendo y te "perdes" -¡¡¡fuiste!!!- no escuchaste nada. Por eso, si no se puede ir con más tiempo, lo recomendable es mirar y escuchar, y no pensar. Yo volvería a Valparaíso si tuviera oportunidad, pero lo haría con más tiempo. 

Con mamá nos sacamos fotos en la tumba de Pablo Neruda y su mujer, Matilde Urrutia. El coordinador, un muchacho joven -después de que una persona nos sacó una foto en la lápida- dijo mirándome a mí, que parecía un personaje de Disney. ¡Cuánta maldad! Jaja.



















Cuando viajábamos para Chile me puse a charlar con mamá sobre Pablo Neruda, me inquieta saber por qué alguien que ya tiene un nombre se pone otro. (Por nada en especial). Es sólo que me gustaría conocer el motivo por el cual un día se despertó y dijo: "hoy soy otro" y se cambió el nombre. ¿No habrá sido así? ¿Cómo habrá sido? ¿Por qué no quiso hacerse conocido con su verdadero nombre, Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto? De acuerdo, su nombre era muy largo, pero "Neftalí Reyes" estaba bien. ¿Por qué eligió un pseudónimo? ¿Por qué se puso Pablo? Se dicen muchas cosas sobre el origen de su pseudónimo sin embargo hubiese sido más interesante preguntárselo a él ya que las diversas especulaciones a mí no me convencen. 

Conseguir buenos compañeros de viajes no es fácil

También fuimos a Santiago (la capital). Había mucha gente amontonada = un kilombo. En un negocio de Santiago compramos los sombreros para cubrirnos del sol y comimos en un Burger King en donde me sentí observada de todos lados. Sentí estar dentro de un panóptico y de a ratos me acordaba de Marruecos. Fui a ordenar el menú, hice la cola y cuando me llamaron por el nombre contesté: "yo, acá" y todos los que estaban esperando me miraron. 

Mi mamá se dio cuenta de que un grupo de hombres con trajes que estaban comiendo en una mesa de al lado nuestro no me paraban de mirar. ¿Yo qué podía hacer? Pensándolo bien, en Chile me podría cotizar muy bien. Antes de irnos del Burger King tuve que ir al baño que quedaba en el subsuelo. Bajé las escaleras y me resigné. Pensé que tenía que dejar la gente me mire, que aprecie lo bueno...jaja.

Conocimos la "Catedral Metropolitana de Santiago" y nos refugiamos ahí. Ver tannta gente como que asfixia. Para llegar a la catedral pasamos por una galería llena de locales de comida rápida y me extrañó ver que consuman tantos alimentos con harina, que pidan "completos" gigantes y que coman parados. El coordinador nos contó que ahí en Chile la gente en general come comida rápida, que no hay otras opciones más saludables.

Al día siguiente fuimos a la comuna de Papudo que se encuentra en la provincia de Petorca. Está pegada a la comuna de Zapallar -donde se ubica un balneario de uso exclusivo para la clase acomodada- y donde se dice que Benjamín Vicuña y Pampita suelen veranear. 


Mamá Marta, la argentina cuica

Nosotras nos quedamos en la playa de Papudo, una playa divina también. Ahí comimos, pero primero tuvimos que elegir el lugar. Entramos en un restaurante y no nos gustó. La dueña del lugar nos trató como si fuéramos unas argentinas ricachonas. Nos dimos cuenta que nos iba a costar un ojo de la cara (de cada una) así que salimos. 

Entramos en otro. En éste nos sentamos en una mesa. A mi no me gustaba el lugar y tampoco lo que íbamos a comer, por lo que la "molesté" a mamá diciéndole que fuéramos a otro lugar, que para comer eso y encima pagar caro era mejor no comer, bueh, era mejor ir a otro lado.

Al final terminamos en el lugar que yo quería ir. Aunque fuera caro mamá iba a poder comer los mariscos que tanto le gustan y yo ir al baño. Entramos y el lugar era hermoso. Nos acomodamos una vez más, y después de ordenar fui al baño. La dejé a mamá en la mesa y cuando volví, volví con la novedad. ¡¡¡El inodoro era una maravilla!!! Apretando un botón -antes de sentarte- empieza a girar un papel de plástico que se va cambiando por otro limpio, y cuando frena, te podes sentar higiénicamente. Casi un milagro.

Mamá me contó que nos habían traído unos quesitos a la mesa. Dijo que eran tiernos y diferentes a los que comemos en casa. Asentí con la cabeza y unos minutos después, ya quedando dos cuadraditos, saqué uno. Me lo puse en la boca, lo mastiqué, agarré urgente una servilleta de papel y lo escupí. Esos cuadraditos tann tiernos y suavecitos... no era queso, ¡¡¡era manteca!!! 


Los quesitos eran una mantequita
Comimos mariscos, tomamos unos tragos de frutas sin alcohol (riquísimos) y un pisco sour chileno que iba de cortesía.
Mientras comíamos se nos iban cayendo unos damascos del árbol que había, y mamá me los hizo juntar. En un momento un damasco se cayó al lado de mi plato y mamá me dijo que era para mí. Así que lo tuve que probar... y a decir verdad nunca probé un damasco tan dulce. 

Mientras estábamos sentadas, pasaron por la radio la canción de la Teleserie "Ámame". ¡Qué emoción!

Terminamos de comer y volví al baño con mamá para mostrarle esa bendita máquina superpoderosa. A mamá también le gustó. Ninguna de las dos habíamos visto un inodoro así. Me puse la bikini, me renové el protector solar y cuando salimos del restaurante fuimos pa´ la playa. 

Nada más lindo que quedarse sentada mirando la playa.

Tenía muchas ganas de meterme en el mar y de jugar con las olas pero el agua estaba helada y aunque hubiese querido hacerme la valiente, con la insolación que me había dado tenía garantizado que ése día terminaba mal. Saltar de una hipertermia a una hipotermia me llevaría de nuevo a una clínica y eso no me interesaba, jaja.

Volviendo en el colectivo hacia el hotel ojeé los diarios. Me espanté cuando vi que en el suplemento deportes del diario "La Estrella" había esta clase de avisos:

Me enteré después que "Los cafés con piernas" son una costumbre en Chile. O sea, es normal que a los chilenos les gusten demasiado las mujeres. 😏

El viaje fue como una estrella fugaz. Se me pasó tan rápido que a la hora de estar en casa ya tenía ganas de agarrar la valija e irme a de viaje de nuevo. Sospecho que así va a ser siempre. Lo importante es que le ponga onda hasta que sepa cuál es la próxima parada.
(El sol me obligó a guiñar el ojo, ja)





10 de enero de 2014

Cuando el aula se convirtió en mi prisión: Sufrí acoso en la escuela secundaria

Era el año 2005. Tenía 17 años y estaba cursando el penúltimo año de la escuela secundaria técnica. Estaba volviendo a mi casa con una amiga. Habíamos ido a comprar algo para comer al "Supermercado Único" de Bv. Rondeau al 4100, que está en zona norte, barrio "La Florida". Abrí la puerta, subimos unos escalones y Damián apareció. Salió de abajo de la escalera y se puso a cantar. Era la canción de “Angel” de Robbie Williams pero con la letra cambiada. Cuando lo vi me asusté y empecé a subir los escalones corriendo. Me metí en mi pieza y no salí hasta que se fue.

No sé cuándo fue que empezó a perseguirme, pero lo que sí recuerdo es que me bajaba del colectivo y él ya estaba en la parada esperándome. Después cuando yo lo veía, caminaba rapidísimo hacia la escuela y él venía detrás intentando sacarme alguna palabra, tratando de alcanzarme, de ponerse en frente mío y de lograr que lo mirara. Una situación muy parecida al hostigamiento que hacen algunos periodistas a las personas famosas.

El día que entró a mi casa fue porque mi hermanito Santiago lo dejó entrar. Damián le había dicho que me quería dar una sorpresa, que me quería cantar una canción, y Santi que en ese momento era chiquito y terrible, se entusiasmó y lo dejó entrar. Ya me había cantado una canción en un recreo y por eso un grupo de chicos de otro curso cuando me vieron un día, me dijeron: “ah, vos sos la chica a la que le canta Damián”. Es feo que te reconozcan por algo así, la verdad hubiera preferido que si me reconocían por algo, que fuera por otra cosa. Pero bueno, así es la vida.

Mi compañera Débora estaba un día en la entrada de la escuela y vio que Damián me estaba molestando otra vez. Cuando la saludé me dijo que entráramos a la escuela juntas y que no le diera bola. Caminamos hasta el baño, subimos los 3 escalones y ella que estaba atrás mío, vio que Damián se metía con nosotras al baño, entonces lo tironeó del brazo y le dijo que no entrara porque era el baño de mujeres. Damián le hizo caso, pero gritó: “Te amo”. Pasaron unos minutos y llegaron otros de mis compañeros. Débora les contó lo que había pasado y dijeron que tenía que contarle al preceptor. Yo no quería porque pensaba que iba a ser peor, pero mis compañeros decidieron ir a hablar con el preceptor Horacio. Los seguí, subí las escaleras con ellos y detrás de mí venía Damián de nuevo.

Mis compañeros tenían razones para querer hablar con el preceptor. Un día, mis compañeros Oscar, Nico, Karina, y Marcelo le habían hecho una barrera con los brazos para que no tomara el colectivo conmigo. Otro día, vino un chico de otro curso a decirme que Damián me iba a agarrar a la salida. Ese mismo día en la bajada de la bandera Karina me agarró del brazo para ir a formar y recuerdo que después mis compañeras Débora y Rita me abrazaban. Cuando salimos de la escuela lo vimos a Damián tal como lo había vaticinado ese chico. Débora y Rita me agarraban del brazo mientras caminábamos y Damián me gritaba cosas. Entre las cosas que me acuerdo que gritó fue que iba a ir a mi casa a buscarme. Mi compañero Marcelo le gritó que me dejara tranquila que yo no quería hablar con él. Oscar le decía que se fuera, y mi compañera Débora que era muy celosa, me dijo que me prestaba a su novio para que le dijéramos a Damián que era mi novio. Pero eso no pasó.

Íbamos camino a hablar con el preceptor Horacio y Damián venía atrás nuestro. A mitad del pasillo me gritó: “Eli yo te amo” y yo, me cansé, me harté y exploté. Me di vuelta y le contesté. Le grité que yo no sentía lo mismo y le dije que se buscara otra persona. Damián me miró ofendido, sorprendido. Dio la vuelta y se fue. Caminamos unos pasos más y mis compañeros le dijeron al preceptor.

Entramos al salón y en toda la hora de Lengua me sentí culpable. Tenía miedo de que reaccionara mal por lo que le grité. Decían que un loco era como un globo inflado, que cuando lo soltás no sabés para dónde dispara. Tenía miedo de que me buscara en cualquier momento y me haga algo. Pensaba que podía morir joven y en pocas horas. No podía prestar atención en clases en ningún momento porque veía proyectada mi sangre en la pared del salón. Por una trincheta, un cuchillo, o un revolver. No lo podía evitar.

No sé cuántos minutos pasaron –para mí fueron días- hasta que se abrió la puerta del salón y el preceptor dijo: “Ferreyra, venga que quiero hablar con usted”. Tuve que levantarme y salir. Afuera me dijo que había ido al salón de Damián y que él ya no estaba, que se había ido de la escuela. Me contó que por algunas cosas que le dijeron los compañeros del curso, él no se sentía seguro de que yo estuviera en la escuela, por lo tanto, iba a llamar a mi casa para que me fueran a buscar. Volví a entrar al salón, y me quedé un poco más tranquila porque sabía que algo malo podía pasar, al menos ya me lo había imaginado y me lo había confirmado el preceptor. No fue que volé sin motivos. Ahora quedaba esperar a que me vinieran a buscar o…no se.

Unas horas después me llamó mamá al celular y la atendí en clases de “Alimentos”. Me dijo que me quedara tranquila que Damián había estado en mi casa y que había hablado con ella. Yo no entendía nada. Me dijo que si yo quería que me fueran buscar lo hacían pero, sino que volviera con mis compañeros como siempre y que no tuviera miedo, que Damián no me iba a hacer nada malo.

Cuando llegué a casa tuve el “honor” de enterarme que alguien le pidió mi mano a mi mamá. ¡¡No solo no entendió lo que le grité, sino que le fue a pedir mi mano a mi mamá!! Y eso, ya es anécdota de mi mamá. La cuestión es que al día siguiente entré a la escuela sola y pasé por al lado de él y de su mamá, ambos estaban sentados en un banco. Supuse que estaban esperando hablar con el preceptor Horacio porque los habría citado. Toda una des-gra-cia. Tendría que haber estado abierta la otra puerta, así no me los cruzaba.

Después de eso tuve un poco de tranquilidad. Volvió una vez más a mi casa para hablar con mi mamá, pero ya no me molestaba ni perseguía como antes, tenía prohibido hablar conmigo. Solo me saludaba como desesperado cuando me veía y eso duró poco tiempo, porque después dejó la escuela.

A Damián, yo lo perdono. Él le dijo a mi mamá que tenía una foto del jardín conmigo en donde yo lo tenía agarrado de la mano y aunque eso es mentira (porque yo no tengo ninguna foto agarrándolo de la mano) se que tuvo una vida dura, que se aferró a cosas que no existieron porque tuvo una infancia y adolescencia triste y de su vida casi nada bueno podía sacar.


Los sinónimos de la palabra regresión son: retroceso, empeoramiento y desmejoramiento. Nada bueno parece tener esta palabra, sin embargo habría que darle una visión más positiva, ya que uno no puede seguir hacia delante si no recuerda algunas cosas de su vida. Si las omite, las bloquea, o las borra no tendrá un hilo conductor en su vida.

Es necesario tener el control del pasado y aceptarlo, pero tener el control del pasado no equivale a “vivir en el pasado”, sino a aceptar las cosas que nos pasaron aunque no queramos, aunque nos moleste o duela, aunque recordar nos haga doler la cabeza unas cuantas horas o nos de náuseas u otros síntomas insoportables.

Todos tenemos un pasado, un bagaje con experiencias y traumas por el cual seguimos actuando desde el inconsciente. A veces, si uno no relee su historia, sino "vuelve" al pasado y no reconoce aspectos o circunstancias de su vida, nunca podrá aceptarla ni ser un poco más libre. Para ser más libre hay que tener dominio propio y controlarse uno mismo, tener autocontrol es indispensable para ser feliz y para ser feliz es necesario recordar.

“Del dicho al hecho hay mucho trecho” y es verdad que cuesta trabajo identificar o comprender los problemas que uno tiene, pero cuesta mucho más lograr eliminarlos. Por más que uno los reconozca no se quitan de forma automática, aunque uno reconozca un conflicto, no puede eliminarlo instantáneamente. Cuesta mucho trabajo y tiempo erradicarlo. Pero vale la pena.

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