27 de septiembre de 2024

La espera que desnudó nuestra fragilidad

Hay momentos que parecen marcar el fin de algo más que una simple espera. Era viernes 13 y mi hermano más chico, Santiago, nos trasladó en su auto hasta el Sanatorio para que a mi mamá le realizaran una operación. Después de una cirugía fallida, me encontraba nuevamente en el sanatorio acompañándola junto a mi hermano Lucas. 

Eran las 8:05 a.m. cuando dejamos a mamá acostada en una camilla. Le dimos besos en su mejilla y ella nos correspondió con besos también antes de despedirse. Nos dirigimos a la sala de espera del primer piso y cuando nos acomodamos en los asientos, nos pusimos a mirar los celulares. El ambiente, pese a que se asomaba el sol, para nosotros estaba cargado de tensión. Mirábamos nuestros celulares buscando distraernos, pero la inquietud y el miedo eran demasiado. Por momentosla ansiedad y los nervios se apoderaban de nosotros.

En un momento decidí guardar el teléfono y sacar un libro de mi mochila. Intenté sumergirme en la lectura para calmar mi nerviosismo y hacer que el tiempo pasara más rápido. Leí poco más de un capítulo, pero notaba que mi hermano estaba nervioso, así que opté por dejar el libro y conversar con él.

Más allá de lo que podíamos controlar

Le pregunté qué pensaba que cambiaría si algo no salía como esperábamos. Su respuesta fue “todo”. Para él, la vida no sería la misma bajo ningún aspecto. Para mí, sería como si el mundo se detuviera o congelara y también marcaría un antes y un después en mi vida. Reflexionando, nos dimos cuenta aún más de la gravedad de la situación y llegamos a la conclusión de que era por mamá que la familia se mantenía unida. Como no podíamos tener el control sobre el resultado, lo único que podíamos hacer era aceptar la realidad y poner en manos de Dios la cirugía y esperar.

A eso de las 9:30 escuchamos por altoparlante que debíamos ir a planta baja, a Administración. Al bajar, nos informaron que la habitación ya estaba disponible y nos dieron el número y el piso para que fuéramos. Consulté a la mujer que nos brindó la información si la cirugía ya había terminado, pero no supo decirme, así que nos dirigimos a la habitación con una mezcla de esperanza y ansiedad. Al llegar, la habitación estaba vacía y mamá no estaba allí.

Mientras esperábamos, mi hermano Lucas, vestido con jeans y un buzo rojo, hizo un comentario que rompió el hielo. Se comparó con un chupetín. "Estoy redondo y gordo, tengo las piernas finitas como el palito de un chupetín". De pronto, me dio un ataque de risa. Aunque no suelo reírme del cuerpo de los demás, su humor y la forma en que se describió fueron divertidos y no lo pude evitar. A pesar de su aparente incomodidad, a él también le dio risa y me dijo que empezaría una dieta. Por mi parte, yo prometí que haría lo mismo.

Poco después, el médico llegó a la habitación para informarnos que la cirugía había sido exitosa y sin complicaciones, lo cual nos dio un alivio. Aunque no habíamos visto todavía a mamá, sabíamos que todo había salido bien. Cuando mamá finalmente llegó en camilla, surgió un pequeño debate sobre si existen hijos preferidos. Ella comentó delante de dos enfermeras que el médico le recordaba a su hijo Ezequiel, y mi hermano Lucas no lo dejó pasar. Con humor, agregó que Ezequiel era su “hijo preferido”.

¿Chupetín de frutilla? 

🍭


Mamá y su estrategia para mantener a todos preocupados

A eso de las 13:30 mi cuñada Rocío llegó para quedarse en reemplazo nuestro y cuidar a mamá durante la tarde. Después de las 18:00 horas regresé al sanatorio y me contaron todo lo que habían hecho mientras no estaba. Cuando nos dimos cuenta de que se nos hacía tarde para cenar, dejamos un rato sola a mamá y fuimos al bar del sanatorio. Tuvimos suerte de que nos prepararan unas milanesas con papas fritas antes de cerrar.

En la habitación pusimos una pequeña mesa con rueditas, de esas que hay en los sanatorios, y la usamos para cenar. Desplegamos un par de manteles de papel, acomodamos la comida sobre ellos y nos sentamos una al lado de la otra. Mientras cenábamos, hablábamos con mamá quien nos pidió que escribiéramos a mis hermanos un mensaje de texto. Me rehusé y Rocío le dijo que no era adecuado lo que quería escribir. Sin embargo, ella quería enviar ese mensaje e insistió en que lo hagamos.

Mamá:
—Chicas, escriban a mis hijos que me está sangrando la herida y que ahora van a venir a curarla. Que estén orando por mí.

Eli:
—Ma, no es para tanto, no podemos mandarles eso. Se van a preocupar.

Rocío:
—Sí, mejor mandemos otro mensaje, no tiene sentido asustarlos.

Mamá:
—Pero es la verdad, me está sangrando.

Eli:
—Van a pensar que te estás desangrando.

Mamá (insistiendo):
—No, no. Escríbanles lo que les digo, pongan que ensucié todo con sangre.

Rocío (con risa nerviosa aceptó):
—Bueno, ¿Qué escribimos?

El mensaje de texto enviado a Pablo, Lucas, Verónica, Santiago y Ezequiel fue: “A mamá le sangra la herida, ahora la van a venir a curar. Ha ensuciado con sangre por todos lados. Estén orando”(Solo faltó escribir que se estaba desangrando y que no se sabía si pasaba la noche).

A eso de las 22:30, Rocío se fue y nos quedamos solas. Mientras transcurría la noche en el sanatorio, miraba las luces de la calle desde la ventana y todo estaba en silencio y las calles vacías. 

La melancolía se asomó por la ventana

Esta circunstancia me recordó a un viaje a Foz de Iguazú cuando tenía 17 años donde me invadió la angustia y melancolía. Esa fue la primera vez que me pasaba algo así, aunque nunca entendí por qué. Mientras observaba las casas y las luces desde la ventana del hotel sentí una tristeza inexplicable

Ahora, a pesar de estar en un sanatorio con mi mamá recién operada y que todo había salido bien, la tristeza me parecía tan intensa como aquella vez. Hay noches tristes y supongo que estar en un sanatorio puede hacernos sentir más frágiles y vulnerables que de costumbre.

Por la mañana del sábado, el médico volvió, realizó las últimas curaciones y le dio el alta a mamá. Finalmente, pudimos retirarnos del sanatorio, mi hermano menor Santi, nos pasó a buscar en auto. Salimos más aliviadas y gracias a Dios y al médico mi mamá podrá tener una mejor calidad de vida.

No obstante, la sombra de lo que pudo haber sido a mí me siguió acechando durante unos días. A veces, incluso cuando todo sale bien, la fragilidad de la vida y el estrés, dejan marcas que no desaparecen tan rápido. 

5 de septiembre de 2024

Saber cuándo detenerse es clave para evitar pérdidas mayores

Hay que comprender el sesgo cognitivo para tomar mejores decisiones

El peligro de la falacia del costo hundido o irrecuperable, también conocida como "sunk cost fallacy", es un fenómeno psicológico en el que las personas continúan invirtiendo en un proyecto debido a los recursos ya comprometidos. Este sesgo cognitivo afecta tanto a humanos como a animales y puede llevar a decisiones irracionales, como persistir en una conducta, práctica, relación o proyecto incluso cuando las probabilidades de éxito son mínimas.

Varios estudios han demostrado que la falacia del costo irrecuperable no es exclusiva de los humanos. Otras especies, como ratas y ratones también muestran comportamientos similares al tomar decisiones. Estos animales exhiben patrones que sugieren que este sesgo puede estar profundamente arraigado en la biología, más que en la cultura.

En humanos, la incapacidad para abandonar un proyecto en el que ya se ha invertido tiempo, dinero o esfuerzo está ligada al temor a aceptar una pérdida y a la tendencia de sobrevalorar las expectativas futuras. Nuestra resistencia a admitir errores y cambiar de dirección puede tener raíces profundas en nuestro instinto de supervivencia, y no solo en una mera terquedad.  En algunos casos se pone en duda la naturaleza completamente irracional del fenómeno.

Entender este sesgo y reconocer cuándo estamos atrapados en la falacia del costo irrecuperable es crucial para tomar decisiones más saludables. Saber cuándo detenernos y evitar cavar un hoyo más profundo es vital para prevenir pérdidas mayores. Es fundamental aprender a aceptar los errores, cambiar de actitud y enfocar nuestras decisiones en lo que realmente nos beneficia en el futuro, en lugar de aferrarnos a las inversiones pasadas.

Un aspecto en el que la falacia del costo irrecuperable es particularmente dañina es en el ámbito empresarial. La presión por justificar inversiones anteriores puede llevar a decisiones económicas desastrosas. Las empresas, al enfrentar proyectos fallidos suelen caer en este sesgo al continuar financiándolos con la esperanza de recuperar lo invertido, a pesar de la evidencia que sugiere que el proyecto está condenado al fracaso.

Estrategias para evitar el sesgo

Evitar caer en la falacia del costo irrecuperable requiere realizar análisis periódicos de la viabilidad de un proyecto, considerando factores como el entorno cambiante, nuevas oportunidades y resultados recientes. Es crucial reconocer la importancia de actuar antes de que una situación empeore o se vuelva insostenible.

Es mejor retirarse, dejar una situación o tomar una decisión cuando aún se puede controlar el resultado y minimizar las consecuencias negativas. Aunque idealmente uno debería actuar a tiempo, hacerlo tarde es mejor que no actuar en absoluto. Incluso si la retirada o la decisión llega después de haber sufrido consecuencias negativas, aún puede haber valor en tomar esa acción para evitar un daño mayor o para encontrar paz o cierre en una situación.

Otra estrategia clave es distanciarse emocionalmente de las decisiones anteriores. Las decisiones pasadas suelen estar cargadas de emociones, especialmente cuando se han invertido muchos recursos en ellas. Para combatir este sesgo, es útil adoptar una perspectiva externa o consultar con terceros que puedan ofrecer una visión más objetiva. Establecer criterios claros y predefinidos para determinar cuándo abandonar un proyecto o inversión también puede facilitar la toma de decisiones más racionales.

Finalmente, es fundamental enfocarse en los beneficios futuros en lugar de lamentar las pérdidas pasadas. Esto se puede lograr desarrollando una mentalidad orientada al crecimiento y a la oportunidad, donde cada decisión se vea como un paso hacia adelante en lugar de un intento de recuperar lo perdido. Este enfoque proactivo puede motivar tanto a individuos como a organizaciones a abandonar proyectos fallidos sin sentirse derrotados, permitiéndoles redirigir sus recursos hacia oportunidades más prometedoras que puedan generar un mayor valor a largo plazo.

Implementar estas estrategias no solo ayuda a evitar la trampa de la falacia del costo irrecuperable, sino que también promueve una cultura de toma de decisiones más ágil y adaptativa, capaz de responder eficazmente a los desafíos y cambios en el entorno.

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