20 de abril de 2014

SOBRE MÍ

Si tengo que hacer algo rutinario lo hago siempre de una forma distinta. Si hoy caminé por una cuadra, mañana lo hago por otra. Si a la ida pisé una baldosa, a la vuelta piso otra. Hasta hace unos años no sabía qué me pasaba. Luego, analizándome, me di cuenta que odiaba lo rutinario. El problema que tenía es que me molestaban las actividades repetitivas. Cuando estaban de moda los "Teletubbies" cuestionaba por qué le ponían dos veces un video a los niños. ¿Verlo dos veces? ¡¡Si ya lo vieron!!! Les pasaban el mismo video cuando los mounstruos de colores decían: "Otaa vee". (Encima no sabían ni hablar). ¿Con qué fin?

Cuando era chica iba a danza y me la pasaba cantando. Hacía lo que me gustaba. A veces mi papá me escuchaba cantar y me decía: "Eso sí, pero la tabla del 8 no". A mi no me gustaba repetir las tablas como loca. A mi me gustaba cantar. Yo era una niña feliz... hasta que conocí a los hombres. Bueno, aunque si es por eso, creo que yo nunca fui feliz. Tuve cuatro hermanos varones y un papá prácticamente desde que nací. 

Ricky Sarcany una vez dijo en un programa de televisión que las sandalias que resultan un éxito no las vuelve a repetir. Lo bueno, lindo, cómodo, en gran cantidad y fácil de conseguir, a la larga aburren, cansan y pierden valor. Imaginate sino es ni cómodo ni bueno, y si en vez de sandalias, son hombres. Un calvario.

¡Dios dame pacienciaaa!

Generalmente mientras estoy haciendo algo pienso que debería estar haciendo otra cosa. Disfruto del momento presente pero depende si me interesa estar donde estoy. He leído sobre el Trastorno de Déficit de la Atención e Hiperactividad (TDHA) y con algunas características me identifico. Cuando era más chica volví loco a un profesor. No porque se haya enamorado de mí (fue por mala conducta). Yo estudiaba y me sacaba 9 y 10 pero el profesor me aprobó raspando, con 6. Lo bueno es que no me mandó a rendir (no le convenía). Me había cansado de ser la única que le prestaba atención, me había cansado de aburrirme en clases. Yo quería salir del salón como mis otros compañeros que salían y se ponían a charlar afuera, entonces lo terminé haciendo...

Lindo sería poder decir que una siempre fue buena alumna. Aunque tampoco es para tanto. Fue un añito y el profesor fue injusto. Siempre nos anotaba a mis amigas y a mi en el parte, pero a los que tenían la costumbre de escaparse del salón no. Recuerdo que una vez nos "escapamos" en plena hora y él salió al pasillo y se puso a gritar nuestros apellidos. Cuando lo vimos nos pusimos a correr... corrimos por nuestras vidas y no nos alcanzó, jaja. Sólo nos anotó en el parte. ¡Qué buenos momentos! Después me arrepentí porque le hicimos de todo... pero que no se diga que no enmendé mi error porque lo hice. Me porté bien con todos los profesores que tuve después.

Un día, mientras cursaba el último año de la secundaria técnica, con permiso de la profesora, me pinté las uñas en el salón mientras mis compañeros exponían. Eramos 7 alumnos en total (un curso con 7 alumnos) y como éramos poquitos, la profe me dejó. Yo no le pregunté si me podía pintar las uñas, fue mi compañera Rita la que le preguntó después de que le contara que me pasaban a buscar por la escuela y que no me había pintado las uñas. Rita le preguntó y la profe le dijo que sí. Entonces saqué mi esmalte y me puse a pintarme las uñas. Unos minutos después la profesora me pregunto: ¿Ferreyra qué están diciendo los chicos? Porque me veía muy concentrada pintándome las uñas. En mi contestación usé las mismas palabras que había dicho mi compañero que estaba exponiendo y se dio cuenta de que estaba prestando atención a la clase. Es que haciendo dos cosas a la vez (una super productiva) yo podía prestar atención. Me podría haber preguntado cualquier otro día que no me estuviera pintando las uñas y lo más probable... es que ésa pregunta no se la hubiera podido contestar.

He tenido y tengo despistes (supongo que como todos). A veces leo y me salteo renglones o párrafos, pero después me retracto y vuelvo, algo que años atrás no hacía (me los salteaba y seguía). No logro prestar atención a ciertos detalles, tengo dificultad para mantener la atención. A veces me pierdo en una conversación y no escucho. No puedo centrar toooda mi atención a una sola cosa si me parece aburrido (me cuesta mucho). Cuando mi sobrinita Julieta tenía un año mi cuñada la dejó bajo mi cuidado porque no había nadie que la cuidara. Ése día me puse a preparar el desayuno para las dos. Me puse a hacer tostadas y la metí en una de esas sillitas para bebés. La puse mirando la hornalla para que viera lo que yo estaba haciendo y no se aburriera. En un momento, las tostadas se me empezaron a prender fuego y mientras que me desesperaba comencé a gritar. Julieta empezó a las carcajadas a todo lo que da. Ella se moría de risa mientras que yo asustada intentaba apagar el fuego. Cuando por fin lo pude apagar me relajé, pero después me sentí fatal.

No me gusta la rutina. Me siento intranquila e inquieta y me impaciento cuando tengo que esperar algo o a alguien. Las colas de espera no las so-por-to. Esperando "vivo" mil vidas, y después no tengo ganas de hacer nada, termino fatigada. Cuando escribo, me olvido de escribir algunas palabras, a veces me olvido de acentuarlas, pongo una palabra por otra, o publico "entradas" sin terminar... La verdad es que llegué demasiado lejos. Terminé la primaria, la secundaria y logré tener un título universitario. No se qué va a ser de mí dentro de un tiempo pero por el momento tomo clases de pilates para fortalecer y mantener mi voluntad. Las primeras clases que tuve no se me pasaban nunca (no me gustaban para nada) pero ahora con entrenamiento aguanto más. La profesora de Pilates a veces dice: "despaaaaacio" y me siento perseguida, pero no siempre (porque todo el mundo vive acelerado).

A mi me gusta más bailar, me gusta escuchar música movidita y moverme rápido. Nunca me gustó mucho la danza clásica, aportó a mi vida muchas cosas buenas, como la disciplina, la postura, la elongación, la paciencia, etc. Pero lo lento no me gusta (aunque me engañe). Como no me gusta, me obligo a "tolerarlo" para mejorar porque las clases me dan más conciencia, más concentración, más control de mi cuerpo y de lo que estoy haciendo. De a poco me va gustando... ya hasta me gusta caminar en medias por el salón, agarrar la pelota de plástico y acostarme encima. ¡Qué se yo! Le voy encontrando la vuelta.

Mi vida generalmente se basó en condiciones impuestas por mí porque ni mi mamá ni mi papá me castigaban por nada, nunca me mandaron a dormir sin comer ni tuvieron que andar detrás mío para que estudie. Era yo la que me imponía condiciones: "termino esto y después hago lo que quiero". Me premiaba cada vez que me obligaba hacer algo y lo cumplía (aunque no tuviera ganas de hacerlo). Mi mamá nunca me dijo que me pusiera a estudiar ni me revisó una tarea escolar, nunca me "persiguió" para que hiciera las cosas, ni me obligó a hacer algo que yo no quisiera hacer. 

Al contrario. Yo le pedí a los 11 años que me sacara de una escuela privada cristiana evangélica porque no me gustaba, y a los 7 le dije que quería ir a bailar. Se lo pedí y ella me escuchó. Habló con la directora de una academia de danzas y me anotó. No le hizo caso a mi abuela que decía que iba terminar siendo una loca perdida y que me iba a escapar de mi casa para ir a los boliches... no, a los boliches no, a las "confiterías". Al final sus palabras no me condenaron porque mi mamá no le hizo caso a su mamá y yo fui a aprender a bailar igual. Y así salí.

13 de abril de 2014

Mi paso por un comedor escolar

No tenía el pelo teñido de rosa. No estaba llena de tatuajes ni tenía piercings. Tampoco tenía ninguna discapacidad a la vista. Aún así no tuve oportunidad. Había entregado y mandado miles de CVs a todo tipo de lugares y sin embargo, no lograba conseguir trabajo.

Una vez me ilusioné y mandé un currículum para ser vendedora en un local de sex shop. No tenía idea de nada (ahora tampoco) pero pensaba que los empleadores no iban a tener muchas opciones. Supuse que no había mucha gente que busque trabajo de ese tipo, así que me arriesgué y mandé mi CV. Esperé que me llamaran... pero tampoco me llamaron. ¡¡¡No me llamaron ni del Sex Shop!!! Cansada de la impotencia terminé anotándome para hacer reemplazos como asistente escolar. Fue entonces que conseguí trabajar en un comedor escolar y fue ahí donde aprendí muchísimas cosas de la vida.


En el comedor trabajé con mujeres que me duplicaban y triplicaban la edad. Conocí a quienes fueron mis buenas compañeras de trabajo, Mariana (36), y Griselda (50), y conocí la histeria.

Mariana con las manos en la masa
Con Mariana se podía hablar (aparte de trabajar) de nutrición, embarazo, maternidad y de religión. Como ella quedó embarazada de Bianca tuvimos mucho de qué hablar. Las charlas que manteníamos siempre eran constructivas, siempre quedaba algo bueno dando vuelta en la cabeza. Fue ella quien me ayudó y me enseñó de "buena gana" el trabajo que tenía que hacer. Un trabajo que no era liviano ni fácil. Ahí teníamos que darles de comer a 250 chicos y nos faltaba personal, para ser exacta, faltaban dos asistentes escolares más, según el reglamento.

Con Griselda el tiempo se podía pasar más rápido y mejor, fue también una muy buena compañera conmigo. Entre las dos nos entendíamos y nos alentábamos, y para no llorar, nos enfrentábamos a la adversidad riéndonos.

Gri no quiere que le saque fotos pero se ríe
Una vez decidimos viajar a la localidad de Tigre, Buenos Aires, con los maestros de la escuela para festejar el 11 de Septiembre y la pasamos genial. Conocimos el Puerto de Frutos, Caminito -donde nos sacamos fotos con la escultura de Benito Quinquela Martín- y el Casino de Tigre "Trilenium".

De regreso a casa, en el colectivo grabé cómo fue que las otras señoras que trabajaban con nosotras (Ana y Silvia) decidieron ir también de viaje. La grabación tiene algunas interferencias porque estabamos muertas de risa, pero en resumidas palabras, describe uno de los viejos procesos que permite marcar "tendencia", la envidia, jaja.


 
Sobre oportunidades
Mientras trabajaba en el comedor continuamente me ponía a pensar en qué sería de la vida de todos esos chicos a los que les dábamos de comer. Qué irían a hacer después de terminar la escuela primaria.
Qué sería de la chica de 11 años que una vez llegó tarde a desayunar y me dio un beso porque le dimos el desayuno igual, la misma que al año siguiente dejó la escuela para irse a vivir con un tipo que tranquilamente podía ser su padre.

Qué iba a ser de ése chico que come apurado para repetir porque parece ser que la única comida que tiene en el día es la del comedor. Qué va a ser de la vida de todos los demás que con suerte van a poder terminar la secundaria, pero que ya no van a tener más proyectos de vida. No van a poder seguir estudiando porque no tienen los recursos necesarios y no van a ir a la facultad, ni van a tener una oportunidad de conseguir trabajo por el simple hecho de revelar dónde viven o que no tienen experiencias y/o referencias. Sin contar que tampoco tienen contactos para que les den una mano, los recomienden o los "acomoden".

Hoy después de mucho tiempo puedo decir que mi situación dio un giro importante pero me pongo a pensar en todas esas personas que no tienen "derecho" a trabajar y me da impotencia. Me molesta que muchas personas no puedan tener una vida mejor y no tengan oportunidades. Muchas veces por la vorágine del día a día no nos ponemos a pensar en los afortunados que somos. No nos ponemos a pensar en ésa gente a la que se le privó de muchas cosas y que siente que su vida no vale nada. Nos quejamos de la inseguridad y después queremos hacer justicia por mano propia pero ¿cómo van a valer nuestras vidas si sus vidas no valen nada?

Creo que siempre podemos hacer algo por los demás. Podemos hacer una diferencia en la vida de aquellos que no tienen las mismas oportunidades que nosotros tuvimos aunque sea con pequeños gestos. Hay un camino lleno de cosas por hacer y está muy pegado a nosotros, el tema está en poder "verlo".

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