Un nene de ojos verdes divinos me dijo algo que me molestó. Desconcertada, dije para mis adentros: "¡Mirá lo que me dijo este maldito!".
Pasaron dos días y finalmente pude hablar un poco con él. Después de hacerle algunas preguntas, supe su nombre: se llama Ezequiel, igual que mi hermano, ¡ja!
Estaba charlando con él hasta que tuve que ir a sacar unas fotocopias que me habían encargado. Abrí la puerta de la escuela y, cuando quise cerrarla para salir, Ezequiel la trabó y me preguntó:
— ¿A dónde vas?
— Al kiosco a sacar unas fotocopias.
— ¿Puedo ir con vos?
— No, me van a retar.
— Voy con vos.
Salió hasta la vereda y ahí me preocupé. Mientras yo retrocedía, le pedía que entrara conmigo, pero no quería. Él estaba con los pies afuera y yo con los pies adentro... ¡y no quería entrar! Después de unos largos y odiosos segundos, entró porque le dije que entonces yo no iba a ningún lado. En cuanto lo hizo, cerré la puerta con llave.
Se sentó en el piso con otros chicos que jugaban al ajedrez. Dejé pasar cinco segundos, abrí la puerta despacio y, mientras salía, pensé: "¡Ahora sí, lo engañé!". Pero una vez afuera, cuando estaba cerrando... ¡pum! Me puso el pie y me la trabó de nuevo.
Como no quería sacar el pie por nada del mundo, tuve que volver a entrar. Le pedí diplomáticamente que me dejara salir, pero no hubo caso. Intenté salir una vez más y se repitió la secuencia, con la diferencia de que esta vez, en vez del pie, puso el brazo. Al final, me cansé y esperé unos minutos a que se olvidara. Por suerte, alguien se puso a hablarle, se despistó y, aunque no pude convencerlo por las buenas, logré salir y cerrar la puerta.